Diciembre suele invitarnos a cerrar ciclos, a hacer pausas, aunque a veces no lo notemos!! a mirar con mayor honestidad el camino recorrido. Es un mes que funciona como un umbral: entre lo que fue y lo que está por venir, entre el movimiento externo y la necesidad interna de silencio. Aunque muchas veces se vive desde la prisa y el ruido, diciembre guarda una sabiduría profunda para quien se permite escucharlo.
Para mí, este diciembre fue el cierre de un año vivido con una intensidad y una profundidad distintas a cualquier otro. Un año de crecimiento, de aprendizajes constantes y de encuentros internos que transformaron mi manera de estar en el mundo. No fue un cierre superficial, sino uno que me invitó a detenerme, a respirar y a observar con mayor consciencia quién soy hoy.
Cerrar un año no siempre significa terminar tareas o cumplir metas. A veces, cerrar implica integrar lo vivido, honrar lo aprendido y permitir que lo que ya cumplió su función se vaya con gratitud.
La pausa consciente: detenerse para poder ver
Al acercarse el final del año, me permití algo que no siempre nos damos: detenerme de verdad. Detener el ritmo, las exigencias y la necesidad constante de producir. En esa pausa consciente, miré hacia atrás con gratitud y honré cada experiencia vivida, incluso aquellas que en su momento fueron difíciles o incómodas.
Realicé un recuento honesto de los aprendizajes que me acompañaron en el camino. Más allá de los logros externos, reconocí al ser humano que hoy soy: más presente, más sensible, más conectado con su esencia. Comprendí que el verdadero crecimiento no siempre se refleja en resultados visibles, sino en la forma en que habitamos nuestra vida cotidiana.
La pausa no es pérdida de tiempo; es una forma profunda de cuidado. Cuando nos detenemos, podemos escucharnos, entendernos y tomar decisiones más alineadas con lo que realmente necesitamos.
Un diciembre diferente: volver a lo esencial
Gracias a ese ejercicio de escucha interna, pude experimentar un diciembre distinto. Un diciembre consciente, donde lo verdaderamente importante no fue lo material: la ropa, los zapatos o los regalos, sino el profundo reconocimiento de quién soy hoy y de todos los momentos que me regalé para crecer, comprenderme y expandirme.
Fue un mes vivido con intención y presencia. Cada gesto, cada conversación y cada silencio tuvieron un significado distinto. Me permití mirarme con amor, sin juicio, entendiendo que cada proceso tiene su propio ritmo y que no todo necesita ser resuelto de inmediato.
Este diciembre me recordó que lo esencial no se compra. Lo esencial se cultiva: en la calma, en la coherencia interna y en la capacidad de estar presentes con lo que somos y con quienes nos rodean.
Este diciembre estuvo lleno de asombro. No del asombro que nace de lo externo, sino del que surge cuando nos miramos con honestidad. Fue un tiempo para reconocer quién soy realmente y qué puedo ofrecer al mundo desde un lugar auténtico.
Pude observar mi crecimiento espiritual, agradecerlo y sobre todo, decirle “sí” a mis dones. Traerlos a la consciencia, validarlos y comenzar a ponerlos al servicio del mundo fue un acto de valentía y humildad. Comprendí que cuando compartimos desde el alma, también sanamos y acompañamos a otros en su propio proceso.
El asombro nos devuelve a la humildad de reconocer que siempre estamos aprendiendo y que cada etapa trae consigo una invitación distinta.
Entre el ruido externo y la calma interna
Mientras tanto, observaba cómo muchas personas a mi alrededor vivían esta época desde la prisa, la fiesta, la bebida o el regalo; enfocadas en lo que faltaba por comprar o en lo que aún no se tenía. Sin juzgar, porque yo también estuve ahí, soy humana!!, así, pude reconocer una diferencia interna.
Mis emociones transitaban por el agradecimiento, el reconocimiento, la calma y una profunda paz. No porque todo estuviera resuelto, sino porque había una aceptación amorosa del momento presente! Comprendí que no todos vivimos los procesos al mismo ritmo y que cada persona hace lo mejor que puede con las herramientas que tiene.
Elegir la calma en medio del ruido es una decisión consciente que se cultiva con práctica, paciencia y compasión.
Una Navidad con significado: cerrar para abrir
Me sentía viviendo una Navidad distinta, llena de significado. Una Navidad en la que me permití cerrar ciclos, decir adiós a lo que ya no funcionó y abrir espacio a un nuevo camino. Cerrar ciclos no siempre es fácil, pero es necesario para poder avanzar con ligereza.
Reconocí con amor a la familia de camino que hoy me sostiene: esas personas que han sido apoyo, espejo y compañía. Dejé de pensar en lo que debía estrenar y comencé a valorar todo lo que había construido junto a otros: cómo nos apoyamos, cómo crecimos juntos y cómo aprendimos a ser seres humanos más conscientes.
Cerrar ciclos es transformar la experiencia en sabiduría.
Conexión con la tierra y con lo humano
Fue una Navidad profundamente conectada con la tierra, con el amor universal que habita en el otro y con la simple y poderosa capacidad de decir “te amo” por el solo hecho de reconocernos iguales. Una Navidad de valorar a quien está a mi lado, de agradecer la presencia, la palabra y el silencio compartido.
La conexión con la naturaleza —externa e interna— nos recuerda nuestro ritmo natural. Nos enseña que todo ciclo tiene un inicio, un desarrollo y un cierre, y que cada etapa es necesaria para el equilibrio del todo.
En esa conexión, el bienestar deja de ser una meta y se convierte en una forma de vivir.

Planificar desde la coherencia, no desde la exigencia
Este diciembre se tradujo en una planificación distinta para el nuevo año. Un año espiritual, consciente y alineado, donde hay tiempo para leer, aprender, meditar, respirar y lanzarse a servir desde el corazón. Un año pensado no desde la exigencia, sino desde la coherencia interna.
Planificar desde la consciencia implica preguntarnos cómo queremos sentirnos, qué necesitamos cuidar y qué estamos dispuestos a soltar. Implica reconocer nuestros límites y honrar nuestros ritmos, entendiendo que el verdadero bienestar es sostenible cuando nace del equilibrio.
El poder de escucharnos
Cuando nos escuchamos de verdad, todo se ordena. La escucha interna nos permite tomar decisiones más claras, construir relaciones más sanas y vivir con mayor sentido. No se trata de tener todas las respuestas, sino de hacernos las preguntas correctas.
Escucharnos es un acto de valentía, porque implica mirarnos con honestidad y aceptar lo que encontramos. Pero también es un acto de amor, porque nos permite vivir de una manera más auténtica y alineada.
Diciembre no es solo un cierre; es una semilla. Lo que sembramos en este mes: pensamientos, intenciones, silencios y decisiones, acompaña el inicio del nuevo año. Cuando sembramos consciencia, presencia y gratitud, el camino se revela con mayor claridad.
El bienestar comienza cuando nos permitimos volver a lo esencial: a la naturaleza, al cuerpo, a la respiración y a la escucha interna. Cada cierre consciente es una oportunidad para comenzar de nuevo, con mayor claridad y propósito.
Porque cuando te ordenas por dentro, el camino se revela.
Y cuando caminas en coherencia, tu vida se transforma.
Written by
Malege A. Montezuma Daza
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